Relatos Inéditos

Estrellas fugaces (VII)

estrellas

Las estrellas fugaces alumbran la vida y marcan caminos nuevos a nuestros estados de ánimo. Se introducen con su brillo dorado en los misterios más profundos de nuestra existencia descubriendo la magnitud de las pequeñas esperanzas de cada día. Son la mirada de Dios abriéndose camino entre el fuego de los desalientos. Son la paz entre las tormenta de la niebla. Es cierto que en ocasiones la vida nos empuja a vivir en una monotonía de asfalto pero solo las estrellas fugaces se abren paso en la dimension de nuestros corazones para descubrir que el amor aparece siempre transformado en sonrisa. Una sonrisa que no deja de ser una carcajada abierta que brota de las profundidades del alma.


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Relatos Inéditos

Poema para una niña

Nunca sabrás por qué escribí un día este poema. Y nunca podrás entender por qué lo escribí para ti. En realidad tú no sabes nada de esto porque es tan grande tu mundo que andando por él te pierdes, te desorientas. Resulta tan complicado que no puedes comprender aún como pueden existir otros mundos más difíciles todavía.

No hay respuestas, no hay ninguna respuesta para esas preguntas tan decisivas que te planteas. No hay nadie, nadie en el mundo que te pueda contestar. Estás empezando a ser persona y te encuentras terriblemente sola frente a tus preguntas.

Seguramente debe de existir alguna razón. En algún sitio es posible que alguien pueda contestarte pero yo no sé hacerlo. Y es algo tan importante para ti y para mí, que si algún día me pudieras preguntar y yo te pudiera responder, aquel día nos conoceríamos las dos. Es tan amplio y tan profundo el universo que vas descubriendo día a día que siento envidia de ti quizá porque todavía preguntas esperando una respuesta, porque crees todo, todo, con una fe ciega y transparente.

“¿Qué hace el viento cuando no sopla?” Duerme, entonces duerme el viento y la luna está a su lado, siempre encendida para que no sienta miedo de las sombras.

“¿Por qué los caracoles cuando pasan van dejando un caminito brillante?”. Para que nunca se pierdan, para que si algún día los pequeños caracoles juegan a esconderse dentro de una amapola, su madre pueda encontrarlos enseguida.

“¿Por qué… por qué si Dios está en todas partes no podemos verle en ningún sitio?” Porque es como el aire que tampoco se ve y lo estamos siempre respirando.

“¿Por qué el agua del mar es tan salada?” Porque muchos barcos se hunden, muchos hombres se ahogan y ya viven para siempre dentro del agua. Y al verse solos, rodeados de peces que los miran fijamente, unos peces terribles, rojos y verdes, los hombres sienten terror y lloran. Lloran tanto que sus lágrimas se confunden con el agua del mar. Y el agua tiene sabor de lágrimas.

“¿Por qué alumbran las luciérnagas si no tienen enchufes ni bombillas?” Porque son trozos de estrellas volantes, estrellas fugaces que tropiezan de noche con alguna esquina de alguna nube y del golpe empiezan a sangrar. Pero la sangre de estrella es luminosa de noche. Casi siempre se encuentra entre la hierba y al pasar hay que cerrar los ojos para no mirarla. No se puede mirar nunca a la sangre de estrellas porque entonces te puedes convertir en vegetal, mineral o animal, según el tipo de estrella de que se trate.

Por eso muchos árboles son niños que miraron fijamente a una luciérnaga cualquier día del mes de agosto (es el más peligroso). Estos niños árboles no pueden hablar, pero ven y oyen y ya no crecen nunca. Siguen siendo siempre árboles niños. Se les conoce porque no tienen corteza y si raspas el tronco con un clavo siempre sale un líquido medio lechoso. Conviene ser amigo de estos árboles y se les puede contar terribles secretos, porque ellos nunca lo comparten con nadie.

También te puedes convertir en animal (el mes de julio es el más peligroso) y lo cierto es que gran número de esos perros vagabundos que no tienen amo son perros niños. Se les descubre enseguida porque tienen los ojos completamente redondos, como canicas, y parece que se encuentran siempre asombrados. Además no ladran nunca porque no saben. Sólo miran, miran, no pueden hacer otra cosa más que mirar.

Bien es verdad que en algunas circunstancias han regresado los niños perros a sus hogares donde han descubierto con asombro a su triciclo abandonado mientras ven a su madre más flaca y a su padre más viejo. Y como son situaciones muy difíciles de entender se ha dado el caso de empeñarse la madre, loca de pena, en afirmar que aquel perro extraño sentado junto a la puerta tenía la misma mirada que su hijo. Así que para evitar problemas un día el padre lo metió en el coche y se lo llevó muy lejos, tan lejos que el niño perro no sabía dónde se encontraba.

El caso es que después de mucho andar el hombre paró, cogió al perro en brazos y lo dejó junto a un río, cerca de una montaña, en un campo inmenso pero vacío, lleno de flores pero vacío. Y el niño perro se quedó allí sin poder ladrar ni siquiera para despedirse, con los ojos cada vez más redondos mientras el hombre lo miraba fijamente durante un rato muy largo y después lo besaba en el hocico y entre las orejas antes de marcharse definitivamente, sin volver a mirarlo una vez más, dejándole solo en aquel campo tan lleno de flores pero vacío. Junto a esa montaña y cerca de un río donde el niño perro sigue bebiendo todos los días del año y se mira cada vez en el agua y se ve allí dentro. Y piensa que todo ha sido un sueño y él continua siendo un niño que tiene un amigo perro dentro de un río que no ladra nunca.

Pero lo más triste de todo es convertirse en piedra (el mes de septiembre es el más peligroso). Ya nadie te puede acariciar porque conviene abrazar a los árboles para que no se sientan solos. Ya nadie te puede besar porque conviene besar a los perros de vez en cuando para que se sientan seres humanos. Un niño piedra no tiene ningún valor, ni existe en la vida ni existe en la muerte. Está allí paralizado y si alguien que viene silbando le da una patada no experimenta ningún dolor, ni vergüenza siquiera cuando lo utilizan para romper los cristales  de una casa, ni rabia cuando lo pisan.

Todo el mundo tiene la convicción de que lo peor con mucha diferencia es mirar a una luciérnaga de frente durante un rato porque nadie resiste a la sangre de las estrellas. Tú, niña, aunque eres tan pequeña lo sabes muy bien y por eso te asusta tanto la oscuridad ya que está llena de preguntas que no tienen respuesta.

Algún día dentro de muchos años cuando ya hayas crecido y no te cuelguen los pies de la silla sin llegar al suelo, si para entonces no te has convertido en árbol, en perro o en piedra serás una persona mayor.

Entonces no tendrás que hacer preguntas a nadie, porque lo sabrás casi todo y escucharás con indiferencia que en países no muy lejanos en este mismo momento están muriendo unos hombres por haber hecho demasiadas preguntas. Igual que tú. Preguntan igual que tú y no sé qué responder.

 


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El emigrante dormido

Dios se hizo emigrante dormido

El emigrante dormido en el metro cuarto capítulo

No, no tenía nada.En los bolsillos
le florecieron madreselvas
que le envolvían
como medusas
insaciables.

No, no tenía nada.
Ni el reverso invisible de un euro
ni pasaporte con tapas tan rojas
como los estigmas de la sangre.
Ni una ola que mantuviera
en vilo su vida.
Ni la espuma
del corazón
abriéndose camino
en la herida de los recuerdos.

No, no tenía nada.
Ni el nombre plateado
de una calle
ni la caricia
de un teléfono
sin número
grabado en la piel.

No tenía más que estrellas
Incandescentes
que parpadeaban atónitas
en los andenes
del metro,
mientras la luna
se refugiaba
en los túneles
perseguida por luces
de tormenta
buscando el amor
de las constelaciones.

El emigrante dormido
soñaba que el mar
se abría
en dimensión
de silencios
entre pisadas fortuitas
como besos
disminuidos
por el miedo.

No, no tenía nada.
Si le pedían papeles
mostraba una hoja
envuelta en plástico
de nieve.
Una hoja de algodón
del color de la leche
de madre.
Era su alma.

Aquel día le persiguieron
los mastines
con la boca atravesada
por el rigor de los puñales
mientras las cadenas
giraban
sobre su cuerpo
en remolinos de noria,
en remolinos de valses,
buscando desgarrar
los pliegues de la carne
hasta encontrar
la áspera dulzura
de las costillas.

Cuando sus colmillos
parecían escarbar
jadeantes
cada uno de sus dolores,
corrió y corrió
sabiendo que no podía perder
aquel papel blanco,
color de nube recién llegada
al mundo
que era su identidad.

Sin papel no tenía pasado,
ni siquiera la inmediatez
tornasolada del futuro.
Le hacía llorar la oscuridad
de la tarde, la oscuridad
plegada de terciopelo
que envolvía el mundo.

Sin papel su amor
de niño
enredado entre las plumas
de un pájaro,
su amor encendido
de hombre
recubierto de cintura
de mujerno podían provocar
ningún encuentro
en su boca,
ni en su saliva azul,
ni en el recorrido
de sus venas
que marcaban rumbos
inéditos,
ni en la prisión de su piel
entre la lava
de los derrumbamientos,
ni en el volcán encendido
por la magnitud de los presagios.

Sin papel se escuchaban
los gritos de mujeres
sometidas a la plenitud
de los desiertos
en la tiranía
de los caminos
con mastines como mulos
buscando su deseo.

Sin papel se teñía el cielo
con la premura
de los crepúsculos
hasta convertirse
en la desaliñada
impaciencia
de los ocasos.

Sin papel
sus dedos se convertirían
en caricia de escobas
que buscan con urgencia
la semilla
de su cuerpo
hasta dejarlo desposeído
en el grito de amor
de una papelera.

Corrió y corrió
como si le persiguiera
la sombra
de aquella vida
inviolable,
como si le persiguiera
un sol desconocido
descosiéndose lentamente
en luminosos hilvanes.

Un sol
Incapaz de conseguir
un billete para adentrarse
en la oscuridad del metro.
Un metro que se abría
en la distancia de las aceras
con desesperación de sarcófago.

El emigrante corrió y corrió
hasta encerrarse
entre sus paredes de musgo,
mientras los zapatos,
ris-ras
las botas
plof-plof
las deportivas
ssttt-sssttt
los tacones
tic-tac
pasaban a su lado
con precisión minuciosa
de reloj de funcionario
sin aplastar
ninguno de sus pensamientos,
transformados en corteza
o en piel profunda
de los árboles.

Así pasaban los pies
por su costado
tiñendo sus pestañas
de esperanza.

Supo entonces
que su Dios
tembloroso
como una luciérnaga
que escondía en la mano
cuando apenas
era una criatura
aturdida entre el terror
de las incógnitas,
supo sin haberlo aprendido
que se había transformado
una vez más
en un ser pequeño,
tan pequeño y desgraciado
como él mismo.

Esa noche
Dios se hizo emigrante
dormido
y se acostó
en su corazón
donde había espacio
para los dos
y juntos soñaron
los mismos sueños.

El emigrante dormido en el metro


Índice

Introducción

Viento sobre un emigrante dormido

Las cigüeñas en el metro

Los okupas ocupan el metro

Un broker se fuga al metro

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El emigrante dormido

Un broker se fuga al metro

El emigrante dormido en el metro cuarto capítulo

Se abrieron
las paredes del mundo
en la dimensión
de sus grietas
mientras los mercados
lloraban
lágrimas de acero.

Es cierto,
las calles de la vida
estrellaban
sus destellos
con contenidos
de agua
entre jacintos,  dalias
mirtos y flores
trepadoras
abrasadas por reflejos
de semáforos

.

Allí estaban
igual que generales de ojos verdes o amarillos
comandando escuadrones de la muerte
como analistas del espacio.

Allí estaban
y el  broker sintió
de pronto
un vértigo de fuego
sobre el vaivén
de la saliva
recorriéndole
la humedad de las venas
mientras la noche
le rodeaba
con su cuello de cristal.

Allí estaban,
latiéndole en la pantalla
de sus ojos.

Allí estaban las cotizaciones
bailando valses de muerte,
turbios tangos de burdel
emergiendo
entre la niebla núbil
de los mercados.

Allí estaban
las sombras ingrávidas
de las primas de riesgo
creciendo como girasoles de oro
entre los acosos de las bolsas
y los ocasos de los banqueros.

Los fondos monetarios
rasgaban su piel
en violentos remolinos
igual que estrellas fugaces
en busca de espacios
para subsistir en el recuerdo
de memorias sumergidas
por economías yacentes
y sufrimientos sumisos.

El broker sabía
que millones de euros,
millones de dólares,
se habían convertido
en una sola lágrima
en el perfil uniforme
de millones de desdichas
y no pudo ni llorar.

Quiso escapar de sí mismo,
de su perfil de espejo,
esmerilado de terror,
de su perfil de espiga
encarándose al futuro
y empezó a sentir
que un mar de asfalto
le cubría,
una espuma de cemento
abriéndose camino
entre las caderas
de las calles.

Llevaba una luna
enredada en su chaqueta
mientras sus piernas
azules
del color de su Ferrari
le trasladaban
a cualquier parte
hasta descender
con decisión de buitre
hacia los abismos
asediados
de su conciencia.

Se encontró en el metro
en la colisión de un vértigo
enmarcado en océanos de oscuridad.

Un hombre
con mirada de selva
abrió los brazos,
verdes como ramas,
y sostuvo
la sombra de su cuerpo
mientras al bróker
se le deshacían
las piernas de cristal
y perdía el control
del Ferrari azul
que conducía su vida.

Así pudo contemplar
la eternidad
desde la cima
de las torres del Payne
incrustándose
en sus manos
el dinamismo
de aquella piel de roca
mientras los dedos
de la muerte
le acariciaban la cara
en un último espasmo
de la convulsa pasión.

El emigrante sostuvo
su cuerpo
mientras el bróker
se desvanecía
sobre la blancura
inmemorial
de nubes y glaciares.

Un borracho
con corbata
pensó conmovido
el emigrante
y le recostó
sobre la lápida
de la pared
con un epitafio
de hielo y mármol.
Dolor de hombre
le llamó
y los envolvió
el silencio.

Lo cubrió
con la humedad
de su propia bufanda,
de su propio sudor
recogido entre estrellas
trituradas en un container
en un revuelo de piel
de dueños ignorados.

El bróker
continuaba soñando
con cotizaciones
de platino
que le atravesaban
solemnemente
el corazón
con lentitud de espadas.

.

El emigrante dormido
sabía que a la estepa
le faltaban silencios.
Sonaban por todas partes
los latidos de la tierra.
en quejidos
de amor
abiertos a la tersa piel
de los espacios.

Eran soledades
nunca imaginadas
extendiéndose como la  hierba
sobre las superficies del cuerpo.

Eran estepas de ladrillo,
quizá de cemento
como pieles permanentes
de búfalos
en las luchas desenfrenadas
por el brutal dominio
de la especie.

En el metro
se enfrentaban  los hombres
en busca de su espacio
olvidado en el mundo,
en busca de su nieve
liberadora
entre estructuras
de montañas mecánicas.

.

Pero la vida
está llena de pestañas
que protegen
la dimensión
de las miradas,
pestañas que pactan
con la luz
para volverse ciegas
ante aquel arrebato
de labios de hielo
y gemidos impenetrables.

Tus pestañas y las mías
se enredaron en la escarcha,
se volvieron de pronto
carámbanos,
árboles lívidos,
ciertamente desorientados,
con los dedos
igual que ramas
sin otro preámbulo
que las cortezas de árbol
aplicadas
a la miel de la resina.

Pero yo sólo era
un emigrante dormido
abrazado a la escalera
del metro
traspasado
por los espasmos
de frío
y tú unos ojos
enredados en la selva
de las pestañas
Ojos que eran volcanes,
hogueras encendidas
de alarmas
en la tierra inabarcable
del temblor
de fuego.

Desperté de repente
buscando tu calor
y vi a aquel hombre
durmiendo
sobre mi hombro.

Tenía mi misma cara
y me asusté de verme
tan desvalido
con aquella corbata
de Hermès
rosada
como una soga
sobre mi cuello.

Aún sobrevivías,
mi amor,
enredada en mis ojos
y yo tenía el alma
llena de cotizaciones.

Flotaban los tipos de interés
sobre los lagos de nieve
como peces muertos
y el móvil se encendía
en el deslumbramiento
de los relámpagos.

¿Dónde estás?
preguntaba una voz
desesperada.

Respondí a aquella voz.
“Estoy en el metro
junto a un emigrante dormido”
Pero nadie pudo escucharme.

El emigrante dormido en el metro


Índice

Introducción

Viento sobre un emigrante dormido

Las cigüeñas en el metro

Los okupas ocupan el metro

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El emigrante dormido

Los okupas ocupan el metro

Los Okupas Ocupan El Metro

Entraron en destellos
de dos en dos.
Luego en destellos
de cuatro
y fueron creciendo.

Entraban, entraban
entraban
como ángeles locos,
ángeles despavoridos
desahuciados del cielo.
Como luces altivas
empuñando la dinamita
de las sombras.

Se amontonaron
igual que pájaros
pero eran hombres.

Llegaron en vuelos
confusos
hasta los andenes
del metro
abriéndose camino
entre las vías
que una vez fueron
rectos viñedos.

Algunos llevaban
niños pálidos
cogidos de la mano
que semejaban
madreperlas
en la oscuridad.

El emigrante dormido
sintió que los brazos
del pánico
le atenazaban
la garganta.

¿Quiénes sois?
preguntó con voz
deshilvanada en sombras.
Somos desahuciados
respondieron
abriéndose camino
en la trágica dimensión
de coro griego.
Buscamos vivir.

¿Y tú quién eres?
La voz del emigrante
se convirtió
en el quejido
de cristal
del último músico.
Soy un enigma
no tengo casa.
Quiero dormir.

Muchas manos
le empujaban
y empezó a ahogarse.
Estamos nosotros,
nosotros, nosotros,
nosotros…

El emigrante
buscó una esquina
sin encontrar
otro techo
que el resplandor
de la luna
adentrándose
en sus ojos.

Y no pudo dormir, dormir
dormir…
ni siquiera soñar
mientras su vida
se convertía
en una historia
tornasolada de amor.

El emigrante dormido en el metro


Índice

Introducción

Viento sobre un emigrante dormido

Las cigüeñas en el metro

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El emigrante dormido

Las cigüeñas en el metro

El emigrante dormido en el metro segundo capítulo

En un instante
casi súbito
las cigüeñas
de primavera
invadieron el metro.

Parecían barcos
erráticos
con las velas
de sus alas
desplegadas
entre la espuma
abrazándose
a los asombros
de los ojos.

Se abrían camino
por la cintura
de las vías
donde los dedos
de hierro
que parecían raíles
dejaban sus huellas
viscerales
como si se tratara
de siluetas
matemáticas
fundidas en carne.

Murmuraban
las cigüeñas
músicas de cristal
y se abrían paso
por las tristezas
de los misterios
buscando refugio
en la noria azul
de los pensamientos.

Un cielo de algodón
volaba con ellas
hasta que las escaleras
mecánicas
las cubrían de sangre
como adolescentes
retorciéndose
entre los ciclos
de la vida.

Cuando posaban
sus sentimientos
de cielos luminosos
sobre las cabezas
airadas
de los muchachos
los convertían
en piedras blandas
sin más alternativa
que llorar en silencio.

Los convertían
en altas torres
encaramadas
en la dimensión
absoluta
de los sueños
mientras la explosión
de un amor de fuego
les recorría el alma.

El emigrante dormido
se despertó
arrebatado de luz.
Se encontraba en un nido
y podía contemplar
la laguna
donde se ahogó
su niñez
mientras la lengua
del sol
buscaba
los besos atormentados
de los caminos.

Las cigüeñas
le alimentaban
con la fragilidad
de las mariposas
que volaban
por el interior
de su cuerpo
dormido
buscando refugio
en las orillas
de su corazón.

Sonaban las campanas
con explosiones
de bronce
y el emigrante
no llegó
a descubrir
si sus perseguidores
le iban a matar
de cualquier tiro.

Supo que una cigüeña
de ojos negros
le envolvía
con sus pañales
de alas.
Conocía,
sí, conocía
esos ojos
que le habían mirado
tantas veces.
Supo que le decía
te enseñaré a volar.

Se sobresaltó primero
y luego se rió
pataleando
con sus piernas velludas
bajo la incandescencia
del horizonte
porque es lo que aquel emigrante
dormido
en una escalera
de la línea 7
que llega hasta Pitis
marcada en su historia
como un tatuaje,
es lo que siempre,
siempre, siempre, siempre
había soñado.
Volar y salir de sí mismo.

El emigrante dormido en el metro


Índice

Introducción

Viento sobre un emigrante dormido

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El emigrante dormido

Viento sobre un emigrante dormido

El emigrante dormido en el metro primer capítulo

Clin, clin…
se despertaba una lágrima
que suena como un violín
equivocado de esfera
mientras recorre
los murmullos agrios
de la vida
y se columpia
en las frondosas encinas
que sostienen
las escaleras mecánicas
del metro.

¿Dónde se encuentra ahora
aquel sol azul y azucarado?
se pregunta el hombre dormido
buscando su posición
de eternidad
arrullado por las vías
niqueladas en flores
de acero.
Sí, niqueladas en pétalos
maternales de caricias
ya oxidadas.

El hombre perdido
se pregunta,
perdido entre las articulaciones
del desierto
¿Dónde hay un poco
de viento,
una flauta quizá atravesada
en la cadencia de cuerpos
sembrados de noches
en explosión
de curvas de arena,
o quizá de vientres
aprisionados por dunas movedizas?

¿Dónde está aquel sol azucarado
ciego de  asombro,
deslumbrado al contemplarse
mitad tierra, mitad carne?

¿Dónde está la maravilla
del mundo
sometido a aquel temblor
del inicio del tiempo?

No estaban inventadas
las laderas
y él mismo se mecía
como una planta
recubierta con pistilos
de niebla,
derramando esperanzas
y otros desvaríos.

Sonaban los guijarros
igual que sonajeros
con acentos
de lunas desteñidas
y yo protegía tu sueño,
amada mía,
roca desnuda por el amor.

Amor atravesado
por la agonía
de la sed
en aquel desierto del Sáhara
donde se pasean las dunas
con decisión de hombres.
En aquel espacio
abierto a los espejismos
del mar.

Me latía en las venas,
amada mía,
la fuerza de aquel sol
azucarado de nubes,
nacarado de presencias,
en aquel desierto
sometido a los demonios
y a los vientos.

Ahora sólo puedo iluminarte
con estrellas de uralita
que avanzan en mi sueño
como precipitadas mariposas.

Pasó la luna trepadora
fundiéndose en las lianas
de nuestros cuerpos.
Pasó la luna abriendo agujeros
de melancolía
en la solicitud de la memoria
mientras tú te adentrabas
en la jaula de mi vida,
mi amor,
mi luna nueva.

Pensé que había cruzado
los espacios
sin saber que me aferraba
al dominio del mundo
con la pasión
de un chacal.

Sin saber que dormía
en la escasez de una escalera.
Mientras alrededor
nos espiaba el desierto
buscando la sal sedienta
de aquella lluvia
irisada de lágrimas
que hacía florecer
cualquier pensamiento.

Me envolvían tus ojos
de arena,
tus brazos de simiente.
¿Dónde estaba el desierto
bajo aquel sol azucarado?

Se lo pregunté al vigilante
que me zarandeaba.
Le dije que no sabía quién era.
Si eras tú
o era yo
o los dos juntos.

Quiso darme agua
pero sólo le pedí
un poco de viento.

El emigrante dormido en el metro


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Introducción

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