Imágenes que susurran

El desierto de la libertad

Fotografía: Bea López. Tratamiento en 3D. Programa Cinema 4D. Instagram: @tatizota

Los problemas gravitan como pájaros ceñudos sobre nuestras cabezas mientras las incertidumbres se vuelven nubes de tormenta en el corazón. Millares de personas viven condenadas a arrastrarse por la vida como sombras patéticas perdiendo en cada esquina de la vida su condición de seres humanos, amenazados en cada momento por los latentes latidos de muerte del terrorismo yidahista. Como un quejido resuena en nuestros oídos el lamento de ese gran poeta y ensayista sirio, Adonis Ali Ahmad Said, nacido en Beirut y uno de los intelectuales más brillantes y premiados de su país. Ahora frente a las masacres y el horror que le envuelven no puede evitar su dramático sentimiento: “La muerte ha cambiado la forma de la ciudad. Esta piedra es la cabeza de un niño y este humo es un suspiro humano”.

Ahora mismo en los países árabes la inmensidad del cielo se ha convertido en un desierto y el desierto en un canto de arena a la llamada de la libertad. Hace un tiempo fui a descubrir mi propio desierto y a contemplar la mágica llamada de la historia bajo el resplandor de un sol milenario. Aterricé en la isla de Djerba que parecía señalar con sus blancos brazos la mágica dimensión del desierto en las distancias del sur.

 

La Torre de los Cráneos

Esta pequeña isla constituye un prodigio de continuas maravillas iluminadas por la transparencia de una luz húmeda y cristalina que parece trepar por las palmeras y extenderse entre los viejos olivos. Aquí llegó Ulises, rey de Itaca y al desembarcar, según se describe en la Odisea, sus hombres se encontraron con sus habitantes, los lotófagos, que solo se alimentaban de la planta del loto. Los marineros probaron aquella hierba y perdieron la conciencia, sumidos en la dimensión de los sueños. Ulises tuvo que llevarlos atados a la nave y salir corriendo para poder liberarse de aquel hechizo ante el que han sucumbido millares de turistas.

Muy cerca del mar se encuentra la fortaleza de Bordj El Kebir, conocida como el Fuerte español. Allí, en 1560, el corsario turco Dragut, que sirvió a las órdenes de Barbarroja y de Solimán, derrotó a la expedición que Felipe ll confió al Duque de Medinaceli. A todos se les cortó la cabeza, en esta tierra donde la violencia forma parte de la propia existencia, y con ellas se formó una terrible torre conocida como “Torre de los Cráneos”, que tenía 30 pies de alto. Probablemente se trataba de 6.000 cabezas. Con ellas murió para siempre la presencia de España en estas idílicas costas. Esta patética pirámide permaneció levantada tres siglos para ejemplo de futuros invasores hasta que fue demolida en 1848.

 

El rumbo de los castillos del desierto

Pero el sol baila de nuevo danzas luminosas de vida sobre un puente romano de seis kilómetros que une la isla con el continente y el desierto hacia Tataouine, importante centro administrativo, aunque su nombre encierra todavía registros dramáticos ya que se convirtió en un lugar de castigo para los miembros de la Legión francesa sentenciados a muerte. Tras cruzar Ezzahara (Sáhara) se llega hasta Medenin, ciudad famosa por sus “ghorfas”, construcciones abovedadas del siglo XVll, una especie de graneros que servían también como viviendas de las tribus nómadas bereberes. Sus líneas onduladas de color siena, igual que olas emergiendo de la propia tierra en una marea insólita, apoyándose unas en otras, forman sinuosas estructuras. Esta es la región de los “ksar” o castillos del desierto, agrupamientos formados por distintas “ghorfas”, entre cien o cuatrocientas. Son construcciones fortificadas que se edificaban en lo alto de rocosos montes y que en tiempos de paz servían de lugar de encuentro entre tribus nómadas.

Cuando empieza a ponerse el sol desde lo alto de la montaña de Boukornine, la vista sobre el valle de Tataouine emergiendo entre los resplandores de sombras anaranjadas, produce una especie de íntimo sosiego. Bajo nuestros pies el monte se encuentra totalmente horadado por una mano de hierro, consumido por espectros de muerte que vagan por los pasillos que lo atraviesan de parte a parte. Todavía desde fuera se pueden contemplar los nidos de ametralladoras de aquellos violentos combates de la Segunda Guerra Mundial. Siempre el horror de la muerte junto a la desmesurada dimensión de la belleza.

 

Los nómadas y sus lunas de libertad

Las montañas cónicas del sur de Gabes con sus perfiles recortados en vigorosas siluetas rodean como guerreros recién surgidos de la tierra la región de Matmata, donde sus habitantes bereberes se alojan en viviendas trogloditas. Pero si los berebere viven en el interior de la tierra, los nómadas duermen sobre la arena sintiendo la cercanía de las estrellas que se descuelgan entre las rendijas de las jaimas. Aquí en la Nefzaua vive la tribu de los marazigos. Muy cerca de la carretera surgen entre la nada dos jaimas confeccionadas con pelo de camello y de cabra, como si un pájaro inmenso con las alas del color de las montañas se hubiera posado en el suelo.

Nos acercamos a saludarles porque allí viven dos familias. Las mujeres sonríen y nos ofrecen leche de cabra y el tradicional té verde. Pasan los inviernos en Douz en sus casas pero en primavera ya empiezan a sentir la llamada de la libertad y plantan sus tiendas allí donde encuentran pasto para sus cabras y ovejas. Nos explican que permanecerán aquí dos meses. “Tenemos cuarenta y cinco lugares diferentes para vivir”, comentan riendo. Su vida está llena de sol y de viento y sin tener nada, todo lo poseen. “¿Es que hay en el mundo algo más hermoso que la naturaleza? ¿Algo mejor que la noche del desierto? ¿Algo más distraído que contemplar las estrellas? En Douz tenemos televisión, pero siempre la desconectamos. No nos gusta”.

Cuando ya nos vamos a marchar aparece el dueño de una de las jaimas. Se trata de un auténtico personaje. Delgado como un junco, con un turbante blanco y un sombrero de paja para resguardarse del estallido de la luz. Su capa de color mostaza le rodea flotando con la suavidad de una vela. Parece un patriarca bíblico que guarda celosamente las reglas de una ancestral hospitalidad. Todo en él es distinguido y solemne. Nos explica que pertenece a la Sahara M´Razig, la tribu más antigua. Insiste con gran amabilidad que sería un honor para ellos que les acompañáramos a cenar. Seguramente encenderán una fogata y cuando la arena esté muy caliente introducirán en ella la carne envuelta en hojas de palmera y prepararán el pan o “mtabga”.

Pero nos tenemos que marchar y ofrecemos unas monedas a los niños. El patriarca nos brinda una última lección. “No es bueno enseñar a los niños a tener dinero sin trabajar. Eso crea malos hábitos”.

 

 

Un arco blanco con forma de puerta

Todos se despiden de nosotros bajo un cielo plateado de sol y poco después ya llegamos a Douz. De pronto nos encontramos debajo de un gran arco blanco que constituye la puerta del desierto, ya que el Sáhara debe de ser el único desierto que se encuentra custodiado por una simbólica puerta. En efecto, al otro lado surgen las blanquísimas siluetas del Gran Erg buscando las sombras de las palmeras, mientras los turistas a golpe de camello arrasan con la primera visión inocente de la naturaleza. Y entre las dunas, entre la blanquecina visión de un horizonte de arena poblado de libertad, se sigue escuchando la voz de Ali Ahmad Said: “Ahora soy un espectro que vaga por un desierto y acampa en una calavera”.

El Chott El Jerid recuerda una inmensa estepa nevada, una llanura de 250 kilómetros formada por una aglomeración de cristales de sal que produce reverberaciones luminosas y espectrales. En invierno se transforma en un inmenso lago salino con horizontes de mar. Ahora no es más que una llanura de sal y sol que arranca deslumbrantes brillos de espejo. Es la laguna sagrada, origen de numerosas leyendas fantasmagóricas, el legendario lago Tritón citado por Plinio y Heredoto. Cuando la temperatura sobrepasa los 30 grados, los espejismos flotan en su superficie con cadencia de espectros. Mientras lo contemplamos el horizonte se vuelve bosque con ramas como espadas.

 

En el cielo solo hay agujeros llamados estrellas

Y a pesar de la sanguinaria violencia que nos envuelve las esperanzas se afianzan como flores de arena en las orillas de tantos dramas. Si cierro los ojos sigo contemplando el reflejo de aquel luminoso desierto en momentos irrepetibles, sobrecogidos por una luz de eternidad. Por ejemplo aquel amanecer entre las dunas derramando cárdenos reflejos que nos otorgaban apariencia de fantasmas, mientras en la piel de la arena observábamos con asombro la belleza de un enorme tapiz. Sus autores, auténticos artistas, habían trabajado durante toda la noche para ofrecernos la suprema esencia del expresionismo abstracto. Dibujos, signos esotéricos, delicados pentagramas enredados entre las siluetas de minúsculas estrellas. Lo habían confeccionado minuciosamente los insectos, los pequeños roedores, los blanquecinos escorpiones y los oscuros pájaros de la noche.

Finalmente la luna del desierto se abre camino en un cielo sin fronteras. Una luna estática, dorada, de una sobrecogedora intensidad, que poco a poco va iluminando las esquinas de cemento de nuestra propia existencia.

Ahora mismo las cercanas bombas se abren camino en el horror de las noches vecinas y las mujeres, que no tienen la libertad de contemplar el mundo, se arrebujan en sus burkas, mientras los versos del poeta se vuelven voz en el aire: “Caminos de sangre, los evocaba un niño y su amigo le susurraba: No hay en el cielo sino agujeros llamados estrellas…”. Y sobre el estallido de la oscuridad vuelve a nacer el dolor.

Anuncios
Estándar
Imágenes que susurran

Besos estrellados

Sólo es cierto que existen los principios
la voluntad de Dios tan creadora
abiertamente herida en el pecado,
amando en cada sangre sus dolores,
inmune a los cansancios presentidos
y al eco cristalino de los vientos.

Pero aquí están tus ojos en la hierba,
dos pájaros prendidos de un almendro,
dos silencios que vuelan en los siglos
en ecos de suspiros medievales
y en besos estrellados en los dientes.

Las lunas altas recorren sus caminos
entre dorados silencios siderales
en el derroche oscuro de la noche.
Se hunden en la dimensión de las preguntas
mientras el amor, como una piel de nube
se acerca a las íntimas fronteras
de los misterios más profundos.

Ahora flotamos entre pétalos,
incandescentes como flores,
como estrellas abrazadas
en busca de preguntas.
Solos tú y yo perdidos en el espacio
sin poder contemplar
la magnitud de sus orillas.
Mientras los peces de colores
se vuelven arterias
en la serena conjunción
de los besos estrellados,
recorriendo el último camino
humilde y silencioso de la eternidad.

Estándar
Blog, Imágenes que susurran

El estallido del amor

jesus-nino

Con este cuento lleno de luz os deseamos a todos una Navidad desbordante de esperanza junto a esa mano tendida de Dios que es el Belén

Cuento solidario de Navidad

Hola Dios

Tengo seis años pero creo que no me conoces porque dice el Padre Pe que tienes miles de hijos y por si no te acuerdas me llamo Roy y vivo en Siria. No sé escribir porque la escuela se la cargaron en un bombardeo pero el Padre Pe dice que no importa y que lo que tenga que decirte que te lo diga hablando porque tú me entiendes aunque me parece que tampoco hablo muy bien.

A lo mejor sí que te acuerdas de mi hermana que se llama Jana y es la chica más bruta de todo el pueblo. Lleva siempre el pelo atado con un lazo azul y si se lo tocas se pone a gritar como una loca y cuando peleamos siempre nos gana a todos. También tenemos un hermano bebé que acaba de nacer y el pobre es el niño más feo del mundo. Parece un viejo recién nacido, todo arrugado, casi sin carne. Yo le dije a mi madre que a lo mejor nos lo podrían cambiar por estar tan estropeado pero ella me dijo que ha salido así porque con la guerra no teníamos nada para comer y ella no le pudo alimentar y estaba desnutrido. Yo me quedé muy angustiado y le pregunté si iba a ser siempre así pero me ha dicho que no que esto es solo hasta que le salgan los dientes y que entonces tendríamos que tener cuidado porque nos comería los brazos a mordiscos.

Así que vaya plan, la otra que nos da palizas por tocarle el lazo y este que muerde, no sé cómo podremos salir adelante. A mí me da mucha vergüenza que le vean mis amigos y cuando vienen a casa le tapo con un pañuelo de quitarte los mocos que se llama el Tapacaras así que ninguno se puede reír de él. Solo yo le hago cosquillas en los pies y él me mira con sus ojitos de viejo y cuando no hay nadie delante se los beso porque son los ojos del hambre.

Nosotros somos católicos y el Padre Pe nos enseña a cantar en la iglesia que tiene ángeles que vuelan por las paredes y la Virgen con su niño que dan ganas de sentarte a su lado. El Padre Pe es de un sitio lleno de sol que se llama España y tiene un nombre tan raro que ninguno sabíamos cómo llamarle, así que nos dijo que le llamáramos Pepe. Por eso ahora es el Padre Pe. No para de reírse y nos enseña muchos juegos pero al que le tengo más miedo es a mi padre. Cuando me enfado con mis amigos o con Jana siempre está diciendo que hay que saber perdonar a todo el mundo aunque nos ofendan o aunque no piensen como nosotros y que lo importante es ser misericordioso. Pero un día que me escapé de casa se puso a buscarme como un loco y me dijo que estaba todo el suelo lleno de minas y que podía haber saltado por los aires. No me dio ni un beso, al contrario. Me dijo que la próxima vez me iba a atar por los pies a la rama más alta de un árbol para que me coman los cuervos. Así que se olvidó de todo eso de perdonar y de ser misericordioso. Me parece que no es muy buen católico y se lo voy a contar al Padre Pe.

Pero mira, Dios, si te estoy explicando todo esto es para darte ¡la gran noticia! Estamos en Navidad ¡y vamos a tener un nacimiento de verdad! Hace unos días tocaron las campanas y fuimos todos a la Iglesia. El Padre Pe estaba muy conmovido y la verdad es que a los que nos encontrábamos allí casi se nos saltan las lágrimas. Bueno, es un decir, porque lo cierto es que nosotros llorábamos y muchas personas mayores también. El Padre Pe nos explicó que habíamos sufrido mucho y que le había pedido a un amigo suyo de España, que era muy rico y que tenía hasta coche, que nos regalara un nacimiento de tamaño natural.

¡Y allí estaban las cajas de madera! Como si estuvieran llenas de personas dentro. Nos quedamos boquiabiertos. Con gran cuidado fueron sacando las figuras y no podíamos creer lo que estábamos viendo. El primero en aparecer fue el Rey Melchor con su turbante de seda y sus mantos de telas de oro que iba a lomos de un dromedario y San José que se parecía al pastor del pueblo y todos los mayores aplaudiendo con los ojos llorosos como si fueran niños y la gente abrazándose y la Virgen con su pelo de verdad que nos miraba sin pestañear como si estuviera viva. La gente repetía una y otra vez que era el día más feliz de su vida.

Entre todos decidieron que lo iban a instalar en la Cueva de los Siete Arcos que era la más grande de los contornos, justo en las afueras de nuestro pueblo. Mi padre decía que aunque no eran católicos nuestras autoridades prestaron furgonetas y ayudaron todo lo que pudieron para el traslado porque lo consideraron un acto cultural y una prueba más de la repercusión que tenía Siria en el mundo. De las otras pruebas mejor no acordarse.

El domingo anterior a la Navidad iba a ser la inauguración y todo el mundo fue invitado, católicos y musulmanes. También el Padre Pe nos pidió a los más pequeños que hiciéramos un pequeño regalo al Niño, algo a lo que tuviéramos cariño aunque nos pareciera insignificante. Todos fuimos llevando nuestros obsequios una hora antes y los colocaron junto al pesebre. Nuestros padres se abrazaban en silencio conmovidos porque allí había una colección de canicas, lapiceros de colores, tiragomas, muñecas de trapo sin brazos ni piernas como los heridos en los bombardeos, silbatos y entre ellos el lazo azul de Jana y mi pañuelo Tapacaras. Muchos de los vecinos que llevaban meses sin hablarse se abrazaban unos a otros dándose golpes cariñosos en la espalda y se miraban a los ojos sin poder creer lo que estaban viendo.

Pero esa noche… esa noche fue muy especial. A mí me parecía que un pañuelo para sonarse no era el regalo más adecuado para el Niño. Si fuera yo el que llegara al mundo ¿qué me gustaría ver? ¿Qué me gustaría ver a mí? ¿Lo que más? Sin duda los fuegos artificiales. Los pude contemplar una vez en un reportaje que nos puso a los niños el Padre Pe y me quedé deslumbrado. Y mira, Dios, esto es lo que quise regalarte cuando te hiciste pequeñito como nuestro bebé viejo y naciste junto a nosotros en Siria. Así que esperé y esperé hasta que se hizo muy de noche con la suerte de que el cielo estaba lleno de estrellas y el mundo iluminado con su luz. Me levanté muy despacio y me puse el abrigo y los zapatos. Cogí un cuchillo de la cocina y una caja de cartón donde mi madre guardaba mi ropa y por una estrecha abertura que había en la cuadra salí al campo.

No podía ni respirar por el frío pero el cielo parecía de oro y la hierba un inmenso espejo de hielo. Yo sabía donde iba… Cerca de la Cueva se encontraba el campo de minas rodeado de alambradas de espino al que nadie se podía acercar porque no las habían podido desactivar todavía. Era un terreno totalmente prohibido pero mis amigos y yo conocíamos muy bien donde se encontraban, muy cerca de la superficie de la tierra y escondiendo los fuegos artificiales en su aterradora carga letal. Eran las temibles minas antipersona.

Es raro pero no sentía ningún miedo. Atravesé las alambradas y durante un buen rato estuve escarbando la tierra con el cuchillo sin encontrar nada. Me iba a volver a casa muerto de frío cuando noté un contacto metálico. Con gran cuidado fui apartando la tierra… ¡y allí estaba la mina! Redonda como un bote de pintura. Despacio, despacio, la fui sacando y aunque pesaba la coloqué en la caja de cartón. Muy lento, muy lento, la fui empujando sobre la nieve hasta llegar cerca del pesebre. La saqué de la caja con cuidado y me fui corriendo lo más deprisa que pude. De pronto un estallido terrible me lanzó por los aires. En el suelo pude verlo. Una maravillosa tormenta de luces parecía envolvernos. Pensé que al Niño le habían gustado aquellos magníficos fuegos artificiales y perdí el conocimiento.

Me desperté abrazado al pecho de mi padre que me estaba cubriendo de besos mientras sentía los alocados latidos de su corazón. Los vecinos habían salido de sus casas y todos nos acercamos muy despacio al pesebre. Nadie pudo explicarse nunca lo que había sucedido. La Virgen y San José estaban sonriendo y el Niño aplaudía con sus manos diminutas. Mi padre me guiñó un ojo y me apretó entre sus brazos hasta que me quedé dormido.

Mira, Dios, te cuento todo esto porque fuiste Tú mismo ese Niño que se sintió deslumbrado con aquellos fuegos artificiales. Pero como eres tan mayor y tienes la barba tan blanca a lo mejor no te acuerdas de aquel día que naciste rodeado de tanto amor en un pueblo perdido de Siria.

Rosa María Echeverría

 

 

Estándar

ashtamudi lake

La noche parece deshilacharse en claridades mientras el silencio se cubre con el color de las estrellas. Nos encontramos en Kerala al sur de la India sobre la serena superficie del lago Ashtamudi que en la lengua local malayalam significa Ocho brazos. Sus sonidos parecen mecerse en la historia arcaica de las lenguas dravídicas y treinta millones de personas se ríen, maldicen y lloran y sueñan al ritmo de sus palabras.

Ahora mismo en esta inquebrantable serenidad, inmersas en la secuencia de broncos murmullos, las luces parecen patinar sobre las aguas con la urgencia de infinitas inquietudes a pesar de que también nos encontramos en la hora de los grandes sosiegos. Una joven artista llamada Maider Bilbao, envuelta en la ensoñación del arte, contempla ensimismada estos espacios que se reflejan como espejos en el gran engranaje de la existencia y que constituyen la conjunción de la belleza.

El arte de contemplar ¡gran lección! Es el momento de arrancarnos la piel de tantas frustraciones que nos envuelven, de ir rellenando los grandes pozos, los agujeros negros que se acurrucan en el corazón con el paso de la vida, de perdonar olvidos, de tender manos, de enriquecernos repartiendo ese tesoro que llevamos dentro y que es la humanidad. Millares de kilómetros de calles dan la vuelta al mundo repletas de seres humanos que se mueven con reflejos de autómatas, los metros saturados de iconos que miran al infinito con ojos de piedra, quizá abrumados de sufrimientos, el vacío interior amenazando a las conciencias, mientras los labios buscan la desesperada ternura de una sonrisa.

El lago Ashtamudi nos abre sus puertas de agua y nos invita a descubrir ese lenguaje del alma, de la alegría y de la compasión. Es el grito de la vida frente a la dimensión del cielo que nos envuelve.

Imágenes que susurran

Las voces del lago Ashtamudi

Imagen
Imágenes que susurran

Canto al asombro

asombro montañero

El ser humano se alimenta de constantes deslumbramientos de tal manera que su propia vida constituye la dimensión de un asombro infinito. Sobre una montaña, el horizonte se dilata en nubes de eterna conciencia y desde su propia dimensión, el montañero que alcanza las más altas cotas, queda prendido en el éxtasis de la creación, inmerso en esa deslumbrante piel que le envuelve cargada de belleza. El misterio del mundo se extiende a sus pies mientras percibe en su interior los latidos de un amor infinito que le rodea. Los latidos del corazón de Dios.

Los poetas también se sienten sobrecogidos ante esta realidad como se descubre en el poema de Rafael Alberti: “asombro de la estrella ante el destello/de su cardada lumbre en alborozo”. No tiene por tanto nada de extraño que ahora mismo se hayan publicado distintos libros y ensayos que muestran la importancia de impulsar el sentido del asombro a la hora de fomentar la creatividad. Algunos de ellos han tenido un gran eco como es el caso de la abogada canadiense Catherine L´Ecuyer con sus obras “Educar en el asombro y Educar en la realidad” que no deja de ofrecer el reto de potenciar los valores del espíritu frente al desarrollo de las altas tecnologías. Todos ellos coinciden en la necesidad de buscar momentos de silencio par poder desarrollar nuestra propia personalidad y la conveniencia de vivir liberados de la tiranía de los aparatos electrónicos. Como señalaba Miguel de Cervantes “el que lee mucho y anda mucho, ve mucho y sabe mucho”.

El propio Papa Francisco se enfrenta a este tema en su “Mensaje para la Jornada mundial de las comunicaciones sociales” y nos aconseja “recuperar un cierto sentido de lentitud y de calma. Esto requiere tiempo y capacidad de guardar silencio para escuchar. Si tenemos el genuino deseo de escuchar a los otros, entonces aprenderemos a mirar el mundo con ojos distintos y a apreciar la experiencia humana tal y como se manifiesta en las distintas culturas y tradiciones”.

Solo en el silencio podremos asombrarnos de la vida. Por eso, la belleza que nos rodea en la gran extensión de la naturaleza que nos envuelve, no deja de ser un auténtico canto al asombro.

Fotografía: Dino Reichmuth

Estándar

nachtweyunav

La imagen luminosa del amor en el Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades

Cada imagen que capta con su cámara el fotógrafo de guerra James Nachtwey se transforma en un espejo en el que se descubren los latidos más atormentados de la humanidad y al mismo tiempo constituye un desgarrado canto de amor sobre un horizonte abierto a la esperanza. Su mirada se ha convertido en la denuncia de la injusticia, de las terribles hambrunas, de la agonía de un dolor infatigable, de la muerte de millares de seres humanos sometidos a depuraciones étnicas y a crueles violencias.

Cada imagen que capta con su cámara el fotógrafo de guerra James Nachtwey ha salvado a centenares de vidas y ha permitido la inmediata intervención de los organismos internacionales. Por lo tanto constituye un premio a la imagen luminosa del amor.

Un personaje de este nivel ocupa un lugar muy especial en nuestro firmamento en el que las imágenes y las palabras ocupan el mismo lugar en la percepción del corazón del universo. Lo editamos a raíz de la concesión del Premio Luka Brajnovic de Comunicación concedido por la Universidad de Navarra y ahora constituye un buen momento para releer de nuevo el trabajo de estos fotoperiodistas que se juegan su propia existencia en cada reportaje. (Enlace al post anterior Los héroes de la guerra).

James Nachtwey nació en Siracusa en Nueva York en 1948 y se formó en Massachusett en Historia del Arte y Ciencias Políticas. La violencia de las imágenes de la guerra del Vietnam y del movimiento por los derechos civiles de los afroamericanos le llenaron de hoda inquietud mientras trataba de descubrir la manera de poder intervenir en aquellos conflictos. Comenzó la  búsqueda desesperada de los caminos de la paz hasta que un día se encontró frente a frente con un personaje que cambió el rumbo de su propia historia. Se trataba del Goya de “Los desastres de la guerra” y su denuncia del horror de la humanidad. A partir de ese momento decidió hacerse fotógrafo y utilizar las imágenes como arma de guerra.

Mientras se formaba como fotógrafo trabajó a bordo de los barcos de la marina mercante, intervino en la edición de películas documentales e incluso se ganó la vida como camionero. Sin embargo fue en Nuevo Mexico donde en 1976 empezó a trabajar en distintos periódicos hasta que cuatro años más tarde se trasladó a Nueva York para colaborar como free lance en distintas revistas. Su primer trabajo internacional se centró en Irlanda de Norte en 1981 durante la huelga de hambre protagonizada por los miembros del IRA. Ya en 1984 trabaja en la revista Time y desde 1986 hasta 2001 fue miembro de la prestigiosa Agencia Mágnum.

La Facultad de Artes de Massachussets le nombró doctor honoris causa y a la vez presentó distintas exposiciones individuales que tuvieron gran aceptación en las galerías más importantes de Europa y América. En 2001 se publicó el documental “War Photographer” basado en su obra y dirigido por Christian Frei que fue nominado a los Oscar como mejor película documental. Dos años después en 2.003 trabajando para la revista Time en Bagdad fue herido por una granada cuando acompañaba a una patrulla del Ejército de los Estados Unidos y durante unos días permaneció inconsciente.

De igual modo los premios se han ido sucediendo en su larga vida profesional.

  • Martin Luther King Award
  • Medalla Robert Capa (cinco veces en 1983,1984, 1986, 1994 y 1998)
  • Mejor foto del año según World Press Photo en 1992 por una foto sobre la hambruna en Somalia y en 1994 por una foto sobre el genocidio en Ruanda
  • Premio Luka Brajnovic de Comunicación de la Universidad de Navarra
  • Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades 2016

Fotografía: UNAV y página personal de J.Nachtwey.   

 

Imágenes que susurran

James Nachtwey

Imagen
Imágenes que susurran

El abrazo de hielo de la Tierra

12227269093_9176f93fa8_o

¡Felicidades! El 22 de abril hemos celebrado el Día de la Tierra, es decir, su fiesta de cumpleaños, gracias a la intervención decisiva del senador estadounidense Gaylord Nelson que eligió esta fecha para festejarlo. En agradecimiento, unos días antes, la propia tierra nos obsequió con uno de esos espectaculares prodigios que sólo tienen lugar cada cierto número de años y que muy pocas personas han encontrado la oportunidad de contemplarlo. Se trata del deshielo del glaciar Perito Moreno en el corazón de la Patagonia, al borde del fin del mundo, donde la creación del universo puede palparse siguiendo los ritmos de la creación de la existencia. Un paisaje de una extraña e inquietante belleza, congelado en la memoria de los tiempos.

Tuve ocasión de poder recorrer los senderos azules de este glaciar en un reportaje realizado para la revista “Blanco y Negro” y resulta una de las experiencias más sobrecogedoras y deslumbrantes que he vivido. La Tierra del Fuego semeja un espejismo en esta cordillera de hielo iluminada por un sol de cristal que absorbe azuladas fosforescencias. Desde Puerto Natales un autobús nos introdujo en los misterios rituales de la vida. Antes de empezar el recorrido un chófer de excelente humor nos anunció que “iniciábamos el viaje hacia ninguna parte”. En efecto, nos enfrentamos con un desierto infinito siguiendo las cicatrices de la tierra, pistas “de ripio”, como anuncian los carteles, sin otra compañía que la de innumerables especies de águilas o las aves de rapiña llamadas chimangos que nos contemplaban con profundo estupor posadas sobre viejos troncos de árboles. Los autobuses les debían recordar una de esas ballenas que emergen en la superficie del Canal Beagle, cada cual siguiendo los ritmos de su especie, unos entre las aguas y otros flotando sobre la arena.

“El gigante de hielo estalla sobre el agua, se tambalea y se precipita en el lago entre nubes de nieve”

Poco a poco llegamos al Lago Argentino iluminado por un intenso resplandor azul turquesa en el que se reflejan con la precisión de un espejo la silueta nevada de los glaciares y las enormes montañas y nos adentramos en el Parque Nacional Los Glaciares. De este modo llegamos hasta “La curva de los suspiros” donde el blanco cuerpo del glaciar Perito Moreno muestra la ondulante belleza de su silueta que, como es lógico, provoca profundos suspiros de admiración. Desde el naciente, lo que se conoce como olla glaciar, tiene treinta kilómetros de largo y cuatro de ancho. Las inmensas paredes de hielo que parecen revestidas con transparencias de color azul añil alcanzan setenta metros de altura en la superficie y ciento diez metros bajo el agua. Más adelante, en el Campo de Hielo Patagónico, su gigantesco cuerpo adquiere una dimensión de doscientos cincuenta kilómetros.

Las grandes formaciones de hielo, estas brillantes montañas que envuelven al visitante emergen sobre el lago en sorprendentes grupos escultóricos que parecen recién salidos de las manos de gigantescos artistas. Se escuchan con frecuencia detonaciones como consecuencia de profundas rupturas. El gigante de hielo estalla sobre el agua, se tambalea y se precipita en el lago entre nubes de nieve. Después de cada avalancha surgen del fondo de aquel suelo líquido grandes témpanos de hielo que flotan en un escenario irreal.

A la derecha se encuentra el Canal de los Témpanos, a la izquierda el Brazo Rico y al fondo el Brazo Sur. En 1988 el Perito Moreno ya se convirtió en un “star glaciar” debido a que se formó un dique natural de hielo, de tal modo que los científicos preveían una eminente ruptura. El glaciar materialmente se destruyó en un derrumbamiento apocalíptico. Se trata de un espectáculo único que atrae a cientos de turistas y que ha vuelto a tener lugar a lo largo de estas últimas semanas. Consiste en la de la ruptura del puente, la unión entra el glaciar y la montaña. El momento más sobrecogedor es cuando la lengua se parte en dos y los desprendimientos resultan fantasmagóricos. La caída libre de las paredes equivale al derrumbamiento de un edificio de setenta metros.

“Dios ha escrito un libro precioso, cuyas letras son la multitud de criaturas presentes en el universo” (Laudato Si)

“Laudato Si”, escribió el Papa Francisco en mayo de 2014 en un documento que conmovió al mundo haciéndose eco del cántico de San Francisco de Asís: “Alabado seas mi Señor”. Con sus palabras nos recuerda que “si nos acercamos a la naturaleza y al ambiente sin esta apertura al estupor y a la maravilla, si ya no hablamos el lenguaje de la fraternidad y de la belleza en nuestra relación con el mundo, nuestras actitudes serán las del dominador, del consumidor o del mero explotador de recursos”. En definitiva “a través de la grandeza y de la belleza de las criaturas, se conoce por analogía al autor” porque según señala el Papa “todo el universo material es un lenguaje del amor de Dios, de su desmesurado cariño hacia nosotros. El suelo, el agua, las montañas, todo es caricia de Dios”.

En este sentido nos recuerda que “Dios ha escrito un libro precioso, cuyas letras son la multitud de criaturas presentes en el universo”. De hecho para ese gran artista que era Gaudí el autor del universo se comunica con los hombres a través de la belleza. Por lo tanto esa obra de arte que constituye la Iglesia de la Sagrada Familia de Barcelona se encuentra edificada en torno a una cúpula llena de luz donde grandes árboles de piedra parecen envolver con sus ramas la claridad del cielo, ese lugar tan ligado a la naturaleza donde el Creador continúa hablando a cada una de sus criaturas con una voz tan humana que nos llega a través de los caminos del corazón. Es la voz de la Tierra.

Fotografía: © Wybren

 

Estándar