Pensamientos y sentimientos

La historia de Patronio 81

¡Te descubrí Patronio 81! Recorriste mil caminos digitales sembrados de hierba, te lanzaste por cascadas y precipicios electrónicos en caída libre, te introdujiste sin avisar en el corazón más íntimo de los ordenadores ¡y de pronto! atravesaste como una flecha la realidad de la pantalla hasta llegar a las arterias de mi propio corazón.

Te vi casi nacer Patronio 81 y casualmente eras mi vecino de enfrente. Un niño de una vitalidad y energía asombrosa que crecía a una velocidad de vértigo hasta llegar a convertirse en una especie de árbol con las raíces de los pies en forma de dedos. Cuando cumpliste dos años y empezaste a llamarme “Tía Sosa” (el término rosa plantea muchas dificultades expresivas) surgió entre nosotros una hermosa historia de amor. Es verdad que yo tenía 30 años y tú solo un par de ellos pero contemplando la propia historia del presidente francés ahora podemos comprobar que la diferencia de edad no parece constituir un inconveniente serio.

El caso es que me seguías por todas partes como un guardaespaldas defendiendo mi integridad y llegó un momento en que ambos suspirábamos por encontrarnos en el rellano de la escalera. Me hacías regalos prodigiosos. Me grababas películas que sospechabas que me podían interesar eliminando por tu cuenta aquellas escenas que tus padres consideraban inconvenientes para ti (y por lo tanto para mí) y al mismo tiempo yo te distinguía con exquisitos favores. Vivíamos rodeados de una banda de criaturas cuya principal actividad consistía en destruirse unos a otros a base de terribles batallas de piñas y tú, Patronio 81, te convertiste enseguida en un héroe. Como recompensa te permití que fueras el único que podía lavarme el coche, incluidas las ruedas, y esta elección provocó un auténtico cataclismo entre los chiquillos del vecindario que cada vez te contemplaban con mayor admiración (y envidia).

Un día vivimos un acontecimiento que nos dejó marcados a todos. Absolutamente ninguno de los vecinos que nos rodeaban permitía a sus hijos tener un perro. Se trataba de un tema central que causaba profundos desasosiegos entre la infancia. Ninguno podía comprender esta bárbara reacción de los adultos pero estaba claro que nunca consideraron que yo misma podía formar parte de este gremio. Lo cierto es que un día, Patronio 81, me hiciste penetrar en esa burbuja de cristal que constituía el mayor de los secretos. Para entonces tendrías ya alrededor de siete años y te habías convertido en el portavoz de aquella maravillosa banda de chiquillos. Me hiciste prometer que jamás, ¡jamás! iba a contar ese secreto a nadie y durante décadas lo guardé celosamente hasta hoy cuando ya has dado un salto mortal en este trampolín digital y si lo hago es porque ambos continuamos abrazados a las sombras anónimas de la existencia.

Lo cierto es que por vuestra cuenta y riesgo habíais adoptado un perro. Un perro grande y tristemente solitario que deambulaba entre lágrimas por la calle. Durante horas seguisteis su rumbo hasta poder certificar su desamparo. Así que entre todos decidisteis proporcionarle un hogar confortable donde se sintiera lo suficientemente querido como para poder superar la tragedia de su brutal abandono. Comprendí entonces como en los versos de Miguel Hernández que te sobraba el corazón Patronio 81 y pensé en ellos y en ti. “Hoy estoy sin saber yo no se cómo, hoy estoy para penas solamente, hoy no tengo amistad, hoy sólo tengo ansias de arrancarme de cuajo el corazón y ponerlo debajo de un zapato”.

El caso es que en un cobertizo abandonado le organizasteis una auténtica suite perruna. Uno llevó un cojín de terciopelo que le sirvió de almohada y que contribuyó a que toda su familia pasara una semana entera acusándose unos a otros de su pérdida. Otro ofreció su propia sábana doblada y alguno más se desprendió de su chubasquero. Incluso le bañabais con una palangana y le secabais con vuestra propia toalla.

Entonces es cuando me planteaste vuestro auténtico problema, que como siempre suele suceder, correspondía al género alimentario. Al principio cada cual hacía acopio de víveres de su propio plato sin que sus madres se dieran cuenta pero ya se sabe que las madres parecen detectives privados y esta fórmula se desechó para evitar mayores males. No quedaba otro remedio que solucionar el problema con la aportación de sus míseros ahorros mientras que su animal protegido pesaba ya más que ellos mismos. Según me confesaste, Petronio 81, los alimentos los adquiríais en un supermercado cercano que en el ranking de los establecimientos de este género tiene el honor de situarse en el primer puesto entre los más caros de España. Y claro está, hay que comprender que el animal tomaba dos platos y postre más la merienda y la cena. En fin, teníais la certeza de que no paraba de comer y ya no sabíais como solucionar esta grave situación.

Así que un día, con gran seriedad, me pediste ayuda para poder adquirir ese arsenal de alimentos. Eso sí, me insististe una y otra vez que solo lo admitirías en el caso de que yo tuviera dinero suficiente para desprenderme de esa cantidad. Te contesté que no era millonaria pero estaba dispuesta a hacer un sacrificio a favor de nuestros semejantes perrunos siempre y cuando estuviera a mi alcance. Me contestaste, Patronio 81, que habías pensado en una contribución de veinticinco pesetas pero igual era demasiado para mí y si no podía hacerlo lo ibas a entender perfectamente. A pesar de que los periodistas y escritores no nadamos en la abundancia pude contribuir satisfactoriamente, y te sentiste tan aliviado como si te hubiera ofrecido la misma cantidad que muchos de nuestros empresarios dedican al blanqueo de dinero.

Sin embargo nadie pudo haber previsto el final de esta historia que nos hizo reflexionar a todos sobre la ingratitud canina. De pronto y sin previo aviso el perro desapareció. Abandonó su suite real y su comida iluminada con estrellas michelín y se fue con viento fresco. Al mismo tiempo las aguas volvieron a su cauce. El cojín de raso a su sillón y la almohada a su cama.

Han pasado muchos años desde entonces y nos han envuelto muchas alegrías y unas cuantas tristezas. Ya no nos encontramos en el rellano de la escalera. Yo vivo entre gaviotas gigantes que parecen buitres y tú trabajas entre buitres que parecen gaviotas. Eres un personaje admirado en el mundo financiero, tienes pequeños Patronios que son idénticos a ti y vives rodeado de amor y de largas marchas sobre una bicicleta cuando te persiguen los problemas.

Pero entre los comentarios de nuestro blog, un día hace ya algunos meses, apareciste de pronto, Patronio 81. Al principio casi sufrí un desmayo pensando que se trataba del Consejero del Conde Lucanor, pero no, eras tú mismo que de repente y sin previo aviso habías entrado de nuevo en mi vida en un final feliz.

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Imágenes que susurran

Besos estrellados

Sólo es cierto que existen los principios
la voluntad de Dios tan creadora
abiertamente herida en el pecado,
amando en cada sangre sus dolores,
inmune a los cansancios presentidos
y al eco cristalino de los vientos.

Pero aquí están tus ojos en la hierba,
dos pájaros prendidos de un almendro,
dos silencios que vuelan en los siglos
en ecos de suspiros medievales
y en besos estrellados en los dientes.

Las lunas altas recorren sus caminos
entre dorados silencios siderales
en el derroche oscuro de la noche.
Se hunden en la dimensión de las preguntas
mientras el amor, como una piel de nube
se acerca a las íntimas fronteras
de los misterios más profundos.

Ahora flotamos entre pétalos,
incandescentes como flores,
como estrellas abrazadas
en busca de preguntas.
Solos tú y yo perdidos en el espacio
sin poder contemplar
la magnitud de sus orillas.
Mientras los peces de colores
se vuelven arterias
en la serena conjunción
de los besos estrellados,
recorriendo el último camino
humilde y silencioso de la eternidad.

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Pensamientos y sentimientos

Yo soy un cobarde

Desde nuestro paraíso de las palabras queremos unirnos a tantos profesionales que dedican todo su esfuerzo a impedir el acoso escolar.

He conseguido encontrar sitio en un banco de la calle y una especie de girasol gigante se me mete por un ojo. Debe de ser el sol. Estoy reflexionando que es lo que más hago últimamente desde que una profe del Instituto me ha enseñado a reflexionar. Es una tía guay y a mí me gustaría que mi madre se le pareciera en algo, pero olvídate chaval, no creo que ella sepa ni para lo que sirve. Pero de reflexionar lo que más me gusta es que yo me hago las preguntas y luego me doy yo mismo las respuestas, como si fuéramos dos personas unidas, el tío de la cabeza y el tío del corazón.

A fuerza de reflexionar ya sé lo que significa ser un cobarde. Lo sé de verdad porque es lo que yo he sido estos años. Un cobarde. He tenido bastante tiempo para aprender este oficio. Me llamo Richi y el plasta de mi hermano que es cuatro años mayor que yo se llama Lucas, como si no hubiera más nombres en el mundo. El caso es que se cree perfecto y lo peor no es eso. Lo peor es que mis padres también se lo creen, aunque tratan de disimular cuando estoy yo delante, pero da igual. Todo el día dando la paliza. Tu hermano a tu edad era un fenómeno, el mejor de la clase, claro y qué inteligente, que tío. Bueno pues yo lo tengo claro y-no- quie-ro-ser-co-mo-él ni vestir como él que parece que le pagan por anunciarse. Y me da lo mismo parecer un tabernario, como dice mi madre, que no sé lo que es pero no debe de ser nada bueno.

El caso es que cuando él acabe la carrera de no sé qué historia financiera se va a ir a Nueva York a especializarse en sacar los cuartos a la gente. A lo mejor le contrata el tipo ese de la corbata roja y más rubio platino que la Marilyn. Allí estaría muy contento pienso yo y además ahora le ha dado por el boxeo y lleva tiempo yendo a clase y todos están con la boca abierta de lo bien que se le dan los ganchos y las posturitas. Hasta que un día cenando comenté, como quien no quiere la cosa, que hay que ver, seis meses entrenando y yo que entrenaba por mi cuenta le ganaba siempre. Pero la verdad es que como no le importo a nadie, ninguno se ha tomado la molestia de preguntarme lo que quiero ser de mayor. Y lo digo bien alto, quiero ser portero de una discoteca y para eso ne-ce-si-to especializarme en boxeo y además no tengo ninguna necesidad de ir a Nueva York, ni siquiera tengo necesidad de hacer un master de esos en una universidad, como no fuera alguna que se dedicara sobre todo al boxeo. Estuve repitiendo lo mismo sin parar yo creo que una semana entera desde que abría un ojo por la mañana hasta que lo cerraba por la noche y llegó un momento en que mi padre empezó a gritar que no podía soportarlo más que se iba a volver loco (aunque yo pienso que ya está un poco tocado) y al día siguiente me mandó al mismo polideportivo de Lucas.

Allí empecé a sentirme bastante feliz porque no era un cualquiera, no. Todos decían que tenía madera de campeón y lo mejor es que llegó un momento en que a Lucas le conocían como “el hermano de Richi” porque él era uno de tantos y yo una futura promesa y me sospecho que no estaba preparado para una desgracia como esa. De todos modos si mi padre no se hubiera metido no se hubieran liado las cosas de aquella manera pero se empeñó, como solo puede empeñarse un padre como el mío, en organizar un combate de boxeo entre los dos en el cuarto de estar de casa transformado en un ring y con toda la parentela invitada en plan de espectadores. Como es normal me negué en redondo y todos llegaron a la conclusión de que lo que tenía era miedo. Incluso mi padre me defendió un poco.

-Ten cuidado Lucas… piensa que Richi es más pequeño.

Pero la verdad es que el único miedo que tenía era la posibilidad de machacarlo a él como por desgracia ocurrió. Hay que reconocer que lo prepararon todo como si se tratara de un auténtico combate. Incluso colocaron cuerdas alrededor con unos borlones dorados que eran los que sujetaban las cortinas. Quedó un poco cursi pero estaban todos encantados.

Nosotros dábamos saltitos calentando y yo estaba bastante nervioso. Mi propio padre hacía de árbitro y le repetía a Lucas que no me pegara fuerte (él no sabía que yo era una futura promesa). El caso es que después de dar unos cuantos saltos jugando a ser boxeadores, Lucas me lanzó un golpe recto de izquierda a la cara que pude pararlo con la palma de la mano derecha. La afición empezó a gritar aplaudiendo y nosotros seguimos midiendo las distancias, aunque mucho no se podía medir porque el cuarto de estar no daba para más. Los dos sudábamos como pollos y cuando menos lo pensaba me encontré con un golpe recto de izquierda al tronco que lo volví a parar con el codo izquierdo. Entonces no sé lo que me entró por dentro, me vi boxeando de verdad con un tipo que no se parecía a Lucas ni por el forro y los gritos de mi abuela y de mis tíos eran los gritos salvajes de una afición enloquecida que rugía como una manada de animales salvajes.

Y ya no vi nada más. Un golpe recto de derecha a la cara le lanzó a Lucas sobre una silla y a mí el girasol gigante como un sol me deslumbró de nuevo y comprobé que una nueva sensación de furia me trastornaba como si tuviera aire comprimido en los pulmones. Improvisé un gancho de izquierda al tronco y Lucas cayó fulminado. Mi padre me arreó una bofetada que no se me olvidará nunca. Me dijo que era un criminal y le contesté que los criminales eran ellos, que yo no quería hacerlo y que solo me estaba defendiendo. Lucas sangraba por toda la cara y por el cuello y mi madre se desmayó. Yo me asusté más todavía y llamaron a una ambulancia. Me fui a mi cuarto y estuve toda la tarde llorando. Al final volvieron y Lucas venía andando tan contento con dos puntos que le pusieron junto a la oreja y que los enseñaba a todo el mundo menos a mí que no quiso ni mirarme no fuera a atizarle otro mamporro. Esa misma noche me asignaron un castigo salvaje y estuve días sin poder salir de mi cuarto para que reflexionara a gusto, sin música, sin móvil, sin tele y pasándome la comida en una bandeja en plan carcelario.

Así fue como la rabia se apoderó de golpe de mí y empecé a odiar a todo el mundo menos a mi profe guay porque aunque no quise hablar ni una sola palabra con ella yo comprendí que me comprendía. Tuve que repetir curso porque estaba completamente desquiciado y sin darme ni cuenta me convertí en el chulo de la clase. La profe decía que me estaba destruyendo pero no me importaba para nada destruirme. Mi corazón ya no bombeaba sangre sino rabia. Así que me convertí en el rey del universo del acoso escolar, o sea, para ser más claros, del bullying. Éramos diez en el equipo. Nos llamábamos “Los buitres” y por supuesto yo era el buitre más bestia de todos. Los demás me obedecían ciegamente. Cada uno tenía su víctima propia, aunque también podíamos tener más de una y al salir de clase nos juntábamos en la esquina de un parque siniestro y allí organizábamos nuestros planes. Éramos bastante sádicos la verdad. Sacábamos fotos a chicos y a chicas en las posturas más ridículas pidiendo perdón a sus verdugos (nosotros) y luego las lanzábamos a la red con comentarios bochornosos que nos hacían morirnos de risa.

Mi víctima favorita era un chico colombiano al que yo siempre llamaba “Mono”. Entre clase y clase mi diversión preferida era meterme con él. Los libros me ayudaron mucho porque en cuanto estaba distraído le arreaba golpes en la cabeza que muchas veces le hacían caerse al suelo mientras le susurraba: “¿Quién te quiere a ti, mono de la selva?”. Él ni me miraba siquiera y jamás intentó devolverme las bofetadas. Es como si estuviera hecho de hielo. Y cuando me sentaba encima de él y le hacía galopar como si fuera un caballo, mientras le daba golpes lleno de furia con una vara, siempre permanecía indiferente. Yo escuchaba enfebrecido las carcajadas de todos los que nos rodeaban que hacían apuestas a ver cuánto aguantaba y mientras tanto una voz en mi interior me recordaba: “Escucha tío, el Mono vale mil veces más que tú”. Entonces me ponía frenético y seguía pegándole hasta que aparecía un nuevo profesor, y como siempre vigilábamos su llegada, nos encontraba sentados tan tranquilos en nuestros pupitres. Mi Instituto tenía mucho renombre y estaba muy bien valorado en el ministerio, según decía mi padre, que como se puede apreciar, no se enteraba de nada.

Hasta que llegó el día, un día que no me imaginé nunca que podía llegar. Cuando estaba yo saltando encima del Mono y le tenía cogido por las orejas, sin inmutarse me miró a los ojos y con una voz alta y clara que escuchó toda la clase, dijo: “¿Sabes lo que te digo? Eres un auténtico cobarde y tú lo sabes”. Entonces me levanté y casi sin poder ver nada de la furia que tenía encontré una silla y se la lancé al Mono que se encontraba en el suelo. Se la lancé con todas mis fuerzas (no hay que olvidar que tengo madera de campeón de boxeo) y se escuchó como un crujido mientras empezó a vomitar sangre.

A los pocos minutos vinieron los profesores y lo llevaron en un coche a un hospital. Todos estábamos pálidos y cuando preguntaron lo que había sucedido alguien dijo que se había subido a una mesa y quiso dar un salto y se había resbalado. La clase asintió mansamente con los ojos llenos de espanto y algunos empezaron a llorar. Los buitres oscuros teníamos la piel más blanca que las paredes. Nos dijeron que nos fuéramos a casa y entre murmullos silenciosos cargadas de horror y de misterio, corrió la voz de no contar a nadie lo que había sucedido. Fue un accidente, fue un accidente, fue un accidente. Creo que nadie dijo una palabra ¿Nadie? Yo lo hice. Como bien había explicado el Mono con voz bien templada yo era un cobarde. Salimos todos despacio, solos, sin poder mirarnos unos a otros a la cara.

No podía más. Fui a ver a mi tutora, el único ser humano que había estado a mi lado cuando dejé fuera de juego a Richi, pero ya se había marchado. Me pasé las horas más amargas de mi existencia deambulando por las calles, pidiendo a Dios que el Mono siguiera vivo, ofrecí mi vida por la suya, ofrecí cambiar, cambiar, cambiar… Lloré, lloré, lloré. Entré en una iglesia porque ya no sabía dónde ir y recé, recé, sintiéndome desesperado. De pronto un cura que me pareció bastante joven se puso a mi lado.

– ¿Te encuentras bien?

Le indiqué moviendo la cabeza que no, que no me encontraba bien.

Me cogió del brazo y me llevó a un jardín donde había una escalera. El girasol supergigante me estaba entrando por un ojo. Era el sol.

-Normalmente ayuda mucho contar los problemas pero la verdad es que no me conoces de nada y quizá te resulte difícil. Como tú quieras…

Yo quise hablar y hablé, hablé hasta que se me acabaron los sonidos, hasta que me quedé sin más dolor en el corazón. Desde mi pelea con Lucas hasta la terrible angustia que me producía la indiferencia de mi familia. Desde el odio que experimentaba hacia el mundo hasta aquella nube de tristeza que siempre me acompañaba. Expresé mi crueldad, mi brutalidad, mi terrible soledad.

Entonces él también me habló pero no como hablan los curas sino como hablan los amigos. Me explicó la historia aquella del chaval que era hijo pródigo y el caso es que me animó bastante. Me impresionó la reacción de su padre que se le tiró al cuello pero no para estrangularle sino para cubrirle de besos. Si llega a ser el mío me corta la piel a tiras pero resulta que ese padre era el mismo Dios que nos perdona siempre aunque hayamos hecho el bestia como nadie. Según me dijo solo nos pide una cosa:“Dame hijo mío tu corazón”. Parece ser que eso es lo más importante y a medida que me lo iba contando yo me iba quedando de piedra. Lo cierto es que también me sentía bastante pródigo y arrepentido como nadie.

El cura aquel que no sé de donde había salido me dijo que él también podía perdonarme en nombre de Dios si yo quería. Y yo quise y hablé mucho rato con él y me explicó lo que era pedir perdón de verdad y cuando terminamos después de bendecirme me dijo que ahora tenía el alma tan limpia como un recién nacido. Y lo más importante de todo es que sabía que era verdad. Le dije que volvería y volví más veces. Ese perdón fue para mí como una puerta abierta hacia el cielo.

Regresé a casa tan lleno de paz que dormí de un tirón con la cabeza llena de estrellas. Al día siguiente fui a buscar a mi tutora guay y me dijo que era la primera vez en muchos meses que me veía llegar sonriente. Le volví a contar todo desde el principio hasta el final y comprendió lo pródigo que era. Me comentó con una gran sonrisa que no me iba a decir nada y que yo ya sabría como tenía que actuar pero que me quedara bien claro que el valor no está en los puños sino en el corazón.

Así que pregunté en Secretaría la dirección del Mono, me fumé las clases y después de recorrer todas las líneas de Metro de Madrid llegué hasta un barrio de casitas blancas que más que nada parecía un pueblo. Creo que las calles eran igual que caminos y yo estaba de los nervios y hacía enormes esfuerzos para no largarme de allí corriendo. Hasta que llegué a su puerta y una mujer que parecía una india se asomó.

-Me… me llamo Richi. Ven…vengo a verle.

Para mi sorpresa la mujer me dio un abrazo.

-Ah, Richi…¡que alegría! Ya me dice mi hijo que eres su mejor amigo…

– ¿Quién… yo?

– Estoy tan agradecida… El pobre no tiene tiempo para estudiar porque cuando llega de las clases tiene que trabajar descargando camionetas en las tiendas. En Colombia tenemos que mantener a dos niñas y a la abuela. Pero ya me dice que su amigo Richi le ayuda a hacer los ejercicios y él estudia por las noches como puede…

Lo encontré tumbado en un camastro, envuelto en vendas, con los ojos cerrados.

-Hola Mono…

Se despertó sobresaltado.

-¿Richi?

Su madre le miraba conmovida.

-Ya ves mi amor… Ha venido a verte. No te quedes así… Dile algo. La verdad es que duerme muy mal por las noches porque con el golpe se le partieron tres costillas pero los médicos dicen que quedará bien. Ahora tiene que hacer mucho reposo y reponerse. Os dejo un ratito.

Intenté hablar pero mi propia voz me recordaba el piar de un pájaro herido.

-Te traigo recuerdos de todos. Y no te preocupes Mono… Yo vendré, te explicaré las lecciones, te ayudaré con los temas. Todos te ayudaremos… los profesores también.

Al Mono se le llenaron los ojos de lágrimas. Me acerqué y le di un abrazo.

-Te pondrás bien… lo siento tanto. Perdóname Mono. Hay un tipo que se llama hijo pródigo y sale en la Biblia. Ese soy yo. Era tan imbécil como yo mismo. Desde ahora te juro que serás para mí como un hermano.

Y lo fue. Como un hermano. Sin darme ni cuenta me encontré con una nueva familia. Descubrí que el Mono era un tipo de una inteligencia fuera de lo corriente, una gran persona y lo que más me atraía de él era su sentido del humor. Tenía una habilidad envidiable para solucionar todos los problemas con una carcajada. Estudiamos juntos, hicimos la Selectividad juntos y hemos conseguido matricularnos en la Complutense, aunque él se ha inclinado por el Derecho y yo por la Filosofía. Hay que reconocer que nos va francamente bien. Somos dos tipos brillantes y además bastante buenos jugadores de baloncesto aunque formamos parte de equipos contrarios.

Pero lo más importante es que hemos organizado una asociación juvenil llamada “Armas contra el bullying” y ya somos alrededor de treinta chicos y chicas los que participamos, aunque cada vez se apunta más gente. Tenemos un blog muy bien diseñado con fotos bastante impactantes y nuestro planteamiento está dando un resultado increíble. A las sesiones acudimos siempre dos de nosotros, un desgraciado como yo que haya sido acosador y una víctima que es el acosado. Enviamos propuestas a docenas de colegios y de institutos para participar y nunca pudimos imaginar la respuesta que estamos teniendo. Nos llaman de todas partes y la verdad es que no llegamos a cubrir todas las peticiones. No es nada teórico y por eso tiene tanta fuerza. Contamos nuestras experiencias, nuestros miedos, nuestras cobardías y los chavales nos escuchan con la boca abierta. Claro, hace un par de años nosotros éramos igual que ellos. Explicamos cómo se puede entrar en esta especie de círculo angustioso y como se puede salir de él y creo que les estamos ayudando bastante. Cuando terminamos siempre vienen unos cuantos a preguntarnos como pueden solucionar sus problemas y así conocí a Ruth que estudia Periodismo y ahora es mi novia.

Claro está que de todo esto mi familia no tiene ni idea y Lucas sigue siendo el faro de luz que alumbra el universo. Pero me da lo mismo, me siento un tío tan feliz que a veces pienso que no me lo merezco. Claro que aunque no lo sabe nadie yo soy el único que conoce la auténtica verdad. Solo yo sé que soy un cobarde con alma de pródigo que sabe lo que significa pedir perdón y ser perdonado.

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Canto de primavera

La primavera canta y su cántico recorre las calles, se zambulle en los espejos de cemento, trepa por los adoquines, se refugia entre las hojas de los árboles gigantes y consigue adentrarse en el refugio de nuestra propia piel patinando sobre el asfalto de las mejillas y floreciendo entre los pétalos de nuestro propio rostro.

Ahora es el momento en que se puede contemplar a nuestros personajes públicos transfigurados por estas sorprendentes sesiones de maquillajes primaverales. Basta con observar a Rajoy con una siempreviva entre ceja y ceja, un tanto marchita últimamente, a la que también se le conoce como la planta de los tejados por su instinto trepador y que recibe el calificativo de planta inmortal o bien las azuladas nomeolvides que se pasean por la frente de Albert Rivera buscando sosiego y, por supuesto, la planta del lindo don Diego, también llamada galán de noche, ya que sus flores vienen al mundo con la puesta del sol mientras recorren la cabellera de Pablo Iglesias como mariposas primerizas. ¡Y qué decir de Susana Díaz en los mítines derrochando por la boca claveles reventones!

Ha llegado la hora de cambiar, de transformarnos, de lanzar al viento nuestras propias sombras sintiendo la cálida luz de la naturaleza. La primavera es un aviso, una puerta abierta hacia los días felices. ¿Para qué vivir arrastrando siempre tantas cadenas insólitas que nos impiden encontrar el abrazo de la libertad? Una decisión equivocada, un error que nos hizo perder un puesto de trabajo, una amistad destruida, el cristal del amor hecho pedazos. Cuando nos movemos dando vueltas, inmersos en la noria de los pensamientos negativos, se inicia el terrible proceso de hundirnos en ese pantano de la depresión que tantas veces nos acompaña con la delicada transparencia de una tela de araña.

En este sentido no deja de ser absolutamente certero el razonamiento del Papa Francisco en su reciente documento sobre la alegría del Evangelio: “Hemos creado nuevos ídolos. La adoración del antiguo becerro de oro ha encontrado una versión nueva y despiadada en el fetichismo del dinero y en la dictadura de la economía sin un rostro y sin un objetivo verdaderamente humano”.

Nunca podré olvidar aquella historia real que estremece por su profundo contenido. Las nubes de Nueva York estriadas en rojos trazos parecían deshacerse entre la iluminada belleza de los caminos del cielo. Las hojas de los árboles agitaban sus primeros capullos y el mundo se precipitaba abrazado a una tornasolada naturaleza. Un mendigo pedía en la esquina de una calle y a su lado en un cartel con rústica letras se podía leer: “Una limosna por favor. Soy ciego”. A su lado en un cestillo solo se veía alguna moneda. De pronto llegó una persona, se inclinó sobre el cartel y sin decir nada escribió por detrás: “Ya es primavera y yo no puedo verla”. Para todos los que pasaban supuso tal conmoción que al poco tiempo el mendigo se encontró cubierto de billetes.

Esta pequeña historia recogida en libros y periódicos ha pasado también a formar parte de la historia de nuestra propia existencia. Ya es primavera y nosotros, entre tanto dolor del mundo, sí podemos verla, abrazarla y experimentar esas sutiles palpitaciones que nos proporciona la belleza. De alguna manera todos sentimos la hermosa misión de ser un poco más felices para poder hacer felices a tantos seres humanos que nos rodean.

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El latido de la alegría

Semana Santa. Domingo de Ramos
En la Jornada Mundial de la Juventud el 24 de marzo de 2013 el Papa Francisco pronunció unas palabras que reproducimos porque entre tantas sombras que nos rodean constituyen una profunda llamada a la esperanza.

“Esta es la primera palabra que quisiera deciros: alegría. No seáis nunca hombres y mujeres tristes: un cristiano jamás puede serlo. Nunca os dejéis vencer por el desánimo. Nuestra alegría no es algo que nace de tener tantas cosas, sino de haber encontrado a una persona, Jesús; que está entre nosotros; nace del saber que con él, nunca estamos solos, incluso en los momentos difíciles, aun cuando el camino de la vida tropieza con problemas y obstáculos insuperables, y ¡hay tantos! Y en este momento viene el enemigo, viene el diablo, tantas veces disfrazado de ángel, e insidiosamente nos dice su palabra. No le escuchéis. Sigamos a Jesús. Nosotros acompañamos, seguimos a Jesús, pero sobre todo sabemos que él nos acompaña y nos carga sobre sus hombros: en esto reside nuestra alegría, la esperanza que hemos de llevar en este mundo nuestro. Y, por favor, no os dejéis robar la esperanza. Esa que nos da Jesús”.

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La luz sobre la vida

Fotografía: Bea López. Cuadro de Van Gogh en Arlés con tratamiento en 3D. Programa Cinema 4D. Instagram: @tatizota

La luz arrancada de la ternura de una mano entre los pliegues de un cuadro de Van Gogh parece perderse en la cotidiana presencia de los recorridos de la cama, la silla, la prodigiosa belleza de la vida. La luz se extiende plácidamente sobre la existencia mientras Rodi se arranca la sudadera como si estuviera arrancándose la piel. Se arrancaba al mismo tiempo una noche de vértigo en el esplendor de la juerga. Se arrancaba un grito que parecía recorrer la primitiva rudeza de la vida cuajada de duras incisiones entre el tembloroso aliento de una luna incierta. Después los vómitos, la espesura, la añoranza de una cama con los brazos abiertos al sol, como un grito de luz sobre la vida. Más tarde el sueño y sin poder evitarlo el beso inmisericorde de la soledad.

Siempre lo supo. Se sabía distinto y lo era. La primera chica con la que salió, medio en broma medio en serio, siempre se lo decía. “Me enamoré de ti porque sueñas”. Habían ido al mismo colegio americano y se volvieron a encontrar en el primer curso de ingeniería de una universidad internacional. Apenas se conocían y fue ella quien le descubrió. “¿Eres el mismo? ¿Aquel chico que apenas hablaba y que solo corría? ¿Aquel chico que siempre estaba escribiendo?”. Él se quedó asombrado, asomándose a la claridad de sus ojos. “¿Eres la misma? ¿Aquella niña repelente que cuando ninguno sabíamos sumar ya te había convertido en la reina de las divisiones?”.

Hablaron. Se rieron mucho. No se entendieron pero se enamoraron. Al cabo de no mucho tiempo se separaron. “Lo siento, explicó ella acariciándole una mano. Tú necesitas los sueños mientras que yo sólo puedo moverme en la realidad”. “¿Qué es la realidad?” preguntó Rodi con voz ronca. “Seguramente un sueño”, contestó ella dándole un beso en la nariz y se fue tan fresca.

Ahora se preguntaba conmocionado. ¿Es un sueño la vida? ¿Quién es el creador de ese sueño? Las nubes se amontonaban en el cielo como si fueran a precipitarse sobre su cabeza. Se sintió navegar en la infinita calma. En la infinita desolación. “Pero la felicidad tiene un nombre” pensaba tumbado en aquella cama contemplando las azuladas olas del cielo. “Sí, pero también tiene un precio”, le respondía susurrante aquella voz interior que parecía balancearse entre los vaivenes de las olas que emergían entre la espuma de su pensamiento. “Yo tengo un sueño, un sueño que es para mí un deber”, respondía defendiéndose a sí mismo. “Pero tu padre te necesita le contestaba aquel lejano sonido. Si está empeñado en que seas ingeniero es para que le sucedas en la dirección de la empresa que algún día será tuya, la empresa familiar que tanto le ha costado sacar adelante”.

Hay noches terribles que parecen extender su piel sobre el alma, noches que descubren su visillo de oscuridad sobre la vida. Esta era una de ellas. Se levantó a las cinco de la mañana inmerso en la habitación de Van Gogh. Se levantó y paseó tristemente por las aceras descoloridas, aceras desteñidas en oro por la luz de la luna. ¿Dónde está el sueño? ¿Dónde está la realidad? se preguntaba angustiado.

No se encontró con nadie mientras caminaba envuelto en la compañía de las sombras y sentado en su cuarto escribió una larga carta a su padre donde la nada parecía arrebatarle los latidos de su corazón. Cuando terminó aún no había amanecido. Introdujo en una mochila sus ropas, sus cuadernos, un sobre con todo el dinero que tenía y se fue con los bolsillos repletos de aquellos pedazos doloridos de su propia vida. En ningún momento se atrevió a volver la cara atrás.

Ahora se hallaba en Toronto en el International Film Festival. Los aplausos resonaban como estallidos de minas en el interior de su cabeza. Las luces de los rascacielos parecían sembrar el cielo de estrellas. Con paso vacilante subió al escenario tratando de ajustarse la pajarita de su traje de etiqueta. Se vio a sí mismo sin saber hacia dónde dirigirse, terriblemente desamparado, como aquella noche en que abandonó su hogar y en ese momento fue consciente de que seguía siendo el mismo a pesar de que habían transcurrido quince años desde entonces.

Ellas, sonrisas de platino, le besaban, ellos, dentaduras cuajadas de implantes, le abrazaban. Y allí mismo, entre los estallidos de los decibelios le comunicaron que su película “La luz sobre la vida” había obtenido el primer premio y que de paso se había convertido en el director más joven de la historia ya que conseguir la preciada estatuilla de oro a los treinta y cinco años constituía toda una proeza.

El Festival de Cine de Toronto poseía unas características específicas. Los miles de asistentes deseaban sobre todo mantener intensos coloquios con los ganadores y escuchar sus propias tesis en torno a la elaboración de la película. Naturalmente y por fortuna Rodi Arévalo no tenía ni idea de que le tocaba asumir el papel de protagonista así que decidió dejarse arrastrar por las vibraciones de sus sentimientos. Se sentó frente a un micrófono y comenzó a hablar mientras le envolvía un silencio que parecía una nube.

“Mi película es un canto a la vida, a la luz de la vida y evidentemente se trata de mi propia existencia. Nací en España, cerca de la intensidad del mar, allí donde los naranjos se transforman en luces y el sol atravesaba mis sueños. Frente al espacio de mi realidad me encontraba con otra realidad. Un cuadro de Van Gogh con una ventana abierta, una cama y la luz derramándose sobre la vida. Desde que tuve uso de razón este fue mi horizonte.

Y de pronto leí un texto suyo que cambió el rumbo de mi existencia: “Sueño mi pintura y pinto mi sueño”. Hasta entonces mi vida había estado sometida a una fuerte tensión entre mis sueños y mi propia realidad. El caso es que mi padre tenía una importante empresa de ingeniería, yo era su único hijo, se me daban bien las ciencias y lo cierto es que me necesitaba. Me había convertido en su propio sueño y en su propia realidad. Hasta que cayeron en mis manos unas reflexiones de Goethe que me hicieron tomar una decisión un tanto drástica: “No sueñes pequeños sueños porque no tienen el poder de mover el corazón de los hombres”.

A los pocos días escribí una carta a mi padre y me fui de casa absolutamente deshecho. Llegué a París con la firme decisión de estudiar cine, un universo que me apasionaba porque se podía llegar a la perfecta fusión entre estos dos mundos. A los pocos días, en el piso en que vivía realquilado, recibí un sobre con una tarjeta. Era suya y no tengo ni idea de cómo pudo encontrarme. Dentro pude leer: “Hijo mío lo he pensado mucho y creo que tienes razón. Sigue tu camino. Te quiere. Tu padre”.

Por eso tengo que advertirles que esta no se trata de mi película sino de su película. La única. La verdadera. Todos los críticos consideran que lo más llamativo de esta proyección es el tratamiento de la luz que llega a convertirse en un lenguaje y así lo creo. Es el lenguaje del amor.

Y aunque se trate de un tema muy personal, como estamos hablando de realidades y de sueños, cuando nos hallábamos en pleno montaje de la película me llamaron comunicándome que había sufrido un infarto pero aunque lo intenté no pude llegar a tiempo. Sólo me dijeron que murió repitiendo mi nombre con voz de niño.

No tengo nada más que contarles salvo que creo firmemente que existe otro mundo, un cielo nuevo lleno de la luz de Dios donde habitan los hombres buenos. Y espero que un día podamos encontrarnos. Esta es mi realidad, mi película y mi sueño”.

 

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El arte vivo

Expresionismo abstracto, la dimensión de los grandes sueños

Guggenheim Museum in Bilbao

 

EXPRESIONISMO ABSTRACTO

Guggenheim. Bilbao
Del 3 de febrero al 4 de junio

Comisarios: organizada por la Royal Academy of Arts de Londres, con la colaboración del Guggenheim. Comisariada por Edith Devaney, David Anfam y Lucía Agirre


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Robert Motherwell. Pintura mural, n.o III (Wall Painting No. III), 1953 Óleo sobre lienzo 137,1 x 184,5 cm Colección particular. Cortesía Hauser & Wirth © Dedalus Foundation, Inc. /VAGA, Nueva York/VEGAP, Bilbao, 2016

La luna eléctrica de Nueva York se abre camino en el cielo mientras destroza a dentelladas los cristales de los rascacielos. Todavía quedaban rescoldos de cenizas lamiendo los cielos de Europa, abriéndose camino entre el dolor de aquellos túneles sangrientos, sometidos a la angustia de una existencia que se arrastraba entre los dramas colectivos de las Guerras Mundiales y la Gran Depresión. Centenares de voces de poetas y artistas se habían consumido entre los bombardeos y los que pudieron hacerlo buscaron refugio en la ciudad de los grandes sueños. Soñaban con poder respirar el oxígeno de la libertad.

Y aquí surgió, en la década de 1940, como un volcán derramando lava, un nuevo grupo artístico de amigos, ebrios de celebridad y desconsuelo, huyendo de los gulags y los tormentos, gastando las horas de la noche entre el alcohol y la juerga, redefiniendo la naturaleza de su propia pintura. De este modo consiguieron fundir el tiempo a ritmo de jazz y de discusiones artísticas y llegaron a convertirse en el primer movimiento vanguardista establecido fuera de París y apadrinados por Peggy Guggenheim. Este desplazamiento de París a Nueva York también lo aprovechó la CIA que organizó cincuenta exposiciones en distintos países europeos para demostrar que en EEUU los artistas gozaban de una libertad desconocida en el bloque soviético.

La fusión del pintor y el espectador

 A diferencia del Cubismo y del Surrealismo que les precedieron, el Expresionismo abstracto se extiende en lienzos de dimensiones colosales y busca por encima de todo desenvolverse en un universo al margen de rígidas estructuras que pudieran aprisionar los latidos del corazón del arte. Por eso estos artistas desarraigados y sometidos a fuertes tensiones, buscaron su propio equilibrio en el amplio espacio del inconsciente. El pintor y el espectador llegaron a mezclarse en cada cuadro y ambos adquirieron un papel protagonista hasta fundirse en una misma identidad, como se puede observar en las 130 obras expuestas en esta muestra.
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Willem De Kooning. Sin título, ca. 1939 Óleo sobre papel, montado sobre lienzo 95,8 x 73,7 cm Colección particular © The Willem de Kooning Foundation, Nueva York /VEGAP, Bilbao, 2016

Las palabras de Jackson Pollock resumen a la perfección el nuevo sentido de este nuevo modo de concebir el arte: “La pintura abstracta es abstracta. Se enfrenta a ti”. Precisamente una de las obras más espectaculares de esta exposición es el “Mural” encargado por Peggy Guggenheim en 1943  para su propia casa, de dimensiones desconocidas hasta ese momento, y que representa animales en estampida.

Al mismo tiempo los miembros de este grupo profundizan en la savia del clasicismo y en el desarrollo de los movimientos artísticos como es el caso del armenio Arshile Gorky que posee un profundo conocimiento de la historia del arte y que transmite a otros pintores como William de Kooning. De todos modos su capacidad para fusionar tendencias como el cubismo y el surrealismo adquiere un lenguaje un tanto híbrido. No sucede lo mismo con el holandés De Kooning donde la violencia de sus sentimientos, entre la abstracción y la figuración, crea efectos pictóricos explosivos y rebeldes. La iconografía de este artista revela un importante simbolismo religioso que se extiende desde los abismos de la perdición hacia la salvación, asumiendo las tesis de los maestros de la pintura clásica sobre la condición humana

El hipnotismo mágico de Rothko

Sin embargo uno de los artistas que entre el público despierta mayor interés es Mark Rothko nacido en Letonia en 1903 y fallecido en Nueva York en 1970. En la década entre 1950 y 1960 sus obras se convierten en grandes espejos, personificaciones abstractas de poderosos sentimientos humanos, como él mismo señala, centrándose en la tragedia, la fatalidad o el éxtasis. Sus cuadros, enmarcados en rectángulos flotantes donde no aparece la presencia humana, constituyen sin embargo un estallido de emociones que conmueven al espectador. En este sentido él mismo llamaba a sus pinturas “fachadas”, término que descubre ese mágico hipnotismo que transmiten sus obras.

Este nuevo movimiento se encuentra centrado en la “Action Painting”, término acuñado por el crítico Rosenberg en 1952 para describir sobre todo la pintura de Jackson Pollock, también conocida como “pintura gestual” y que asume del surrealismo todo lo que es automático. Pintó bajo la influencia de Picasso y se introdujo en el universo del psicoanálisis a través de distintas experiencias personales que le servían de terapia aunque sus fuentes de inspiración proceden de atmósferas muy diversas como es el caso de la cultura de los indios de Norteamérica con sus pinturas de arena y sus formas simbólicas.

La revolución técnica del “dripping”

Masculino y femenino  (Male and Female) Jackson Pollock 1942–43

Jackson Pollock. Masculino y femenino (Male and Female), 1942–43 Óleo sobre lienzo 186,1 x 124,3 cm Philadelphia Museum of Art. Donación de Mr y Mrs H. Gates Lloyd, 1974 Fotografía: Philadelphia Museum of Art © The Pollock-Krasner Foundation VEGAP, Bilbao, 2016

En cualquier caso fue Pollock quien popularizó el “dripping”, técnica que consiste en dejar chorrear la pintura sobre el lienzo con un recipiente, una lata o un tubo, introduciéndose él mismo en el propio cuadro. Es decir no sólo pintaba con las manos sino con un gesto de todo el cuerpo. Después llevaba a cabo distintos goteos con un bastoncillo mojado en pintura. En este sentido se le conocía como “Jack the Dripper”, un divertido juego de palabras que le confrontaba con la expresión “Jack the Ripper” o “Jack el Destripador”.

Comenzó a utilizar esta técnica en 1947 y él mismo describe su forma de trabajar: “Mi pintura no procede del caballete. Por lo general, apenas tenso la tela antes de empezar. Y en su lugar, prefiero colocarla directamente en la pared o encima del suelo. Necesito la resistencia de una superficie dura.  En el suelo es donde me siento más cómodo, más cercano a esa pintura y con mayor capacidad para participar en ella ya que puedo caminar alrededor de la tela, trabajar desde cualquiera de sus cuatro lados e introducirme literalmente dentro del cuadro Se trata de un método similar al de los pintores de arena de los pueblos indios del oeste. Por eso intento mantenerme al margen de de los instrumentos tradicionales como el caballete, la paleta y los pinceles. Prefiero los pelos, las espátulas y la pintura fluida que gotea y se escurre, e incluso un empaste espeso a base de arena, vidrio molido u otras materias”.

De esta manera lo que plasma en la tela “no es una imagen, sino un hecho, una acción”. No cabe duda de que estos sueños inmensos que se hicieron patentes en las noches de Nueva York sirvieron para denunciar el horror de las guerras y los campos de exterminio y al mismo tiempo para intensificar la búsqueda de la esperanza en la salvación del género humano.

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